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LA MINERÍA Y LA SALUD EN LA COLONIA* |
Palabras claves: Minería colonial. Salud. Salubridad
* Trabajo financiado por la Cooperación Italiana de Potosí
** Miembro de IHIGEO (Australia) y de la SEDPMYG (España)
CONSIDERACIONES GENERALES
Producida la Conquista de América, los españoles
y, en menor grado los portugueses, se dedicaron incansablemente a la búsqueda de
yacimientos auríferos y argentíferos. Potosí fue uno de los 45 yacimientos que
se trabajaron intensivamente (entre 1525 al 1600 en las actuales repúblicas de
México, Honduras, Cuba, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y
Brasil). Desde 1545, en menos de 30 años, el pequeño poblado más conocido como
“Asiento de Minas” se transformó en una villa riquísima que albergaba a miles de
habitantes; con incontables problemas de salubridad. En este caso de estudio
abordaremos el tema de la influencia de la minería en el proceso
salud-enfermedad. Para investigar esta fenomenología tomaremos en consideración
tres factores: la tecnología utilizada en la extracción y tratamiento de los
minerales, la particular forma de organización de la explotación que caracterizó
la minería en Potosí: el trabajo forzado y su repercusión en la salud de los
coaccionados.
EL PROCESO TECNOLÓGICO
En lo que se refiere a éste, lo que se puede señalar es que las distintas
modalidades de explotación de los minerales argentíferos, sumadas a las
condiciones de extracción, al beneficio y fundición de la plata, pesaron en la
situación de salubridad de los mineros. Veamos de qué manera:
a) En el período inicial de la Colonia los
minerales, gracias a los contenidos altos de plata en las minas, se explotaban a
tajo abierto en el Cerro Rico. Posteriormente, eran directamente fundidos en
hornos rústicos o guairas, empleando la tecnología nativa.
En la mina, a tajo abierto ocurrían a menudo accidentes por la
profundidad que alcanzaron este tipo de labores de explotación y extracción.
Estos consistían en la caída desde las escaleras, de los trabajadores, que
sufrían al caer fracturas de las extremidades y contusiones por golpes en
cualquier parte del cuerpo.
También pueden haberse originado lesiones en los ojos por pedazos de roca o
mineral que saltaban cuando se barreteaba, o recibían golpes en las manos y
dedos por el empleo de combos pesados. Los indígenas a pesar de realizar el
trabajo en lugares abiertos, estaban expuestos al polvo y a los fenómenos
naturales, lo que les generaba con frecuencia males pulmonares, bronquitis,
catarros y toses, que con el pasar del tiempo se complicaban con la aparición de
cuadros de neumoconiosis, silicosis y de tuberculosis (tisis).En las faldas del
cerro y en las viviendas se realizaba la fundición. La gente encargada de
obtener las barras de plata estaba expuesta a muchos factores de contaminación
ambiental y de daño a su salud, por la inhalación de gases tóxicos, quemaduras
debido al manipuleo de las escorias y de la plata fundida, la inhalación de
polvos durante el carguío de los hornos previo a la fundición y otros menores.
b) Posteriormente, las labores a cielo abierto dieron paso a los trabajos
subterráneos que se realizaban en distintas clases de labores abiertas muy
artesanalmente. Más tarde la ayuda de la pólvora garantizó mayor efectividad a
las tareas de extracción. Sin embargo, los problemas de salubridad aumentaron,
ya que la profundidad de las labores generaba problemas de arranque,
explotación, transporte, ventilación, iluminación y desagüe. En los piques, se
tenía mala calidad del aire y, a medida que las labores se profundizaban,
tuvieron que idearse sistemas de ventilación.El
hecho notable tecnológico de la utilización de la pólvora (a mediados del siglo
XVI) para realizar el arranque habría aumentado los riesgos de enfermedades
profesionales por la gran profusión de polvo originado por las explosiones
(Serrano 1998: 91-92). Todo esto dio paso al recrudecimiento de las enfermedades
pulmonares, de la tisis, bronquitis, accesos de tos y fiebre. También, se exigía
el traslado de los polvorines situados en la villa, a sus afueras y de esta
manera evitar accidentes entre los pobladores por explosiones casuales o
provocadas.Es
conocido el aumento de la temperatura en función de la profundidad de una mina.
Los mineros trabajaban en ambientes que contrastaban con la situación climática
característica de Potosí, lo que repercutía en la salud de los naturales: tos,
catarros, resfriados eran enfermedades que estaban a la orden del día, que al no
ser convenientemente curadas derivaban en pleuresía o “mal de costado” y otras
graves afecciones respiratorias.Con
la difusión de los trabajos en profundidad, surgió también el problema del
transporte de los minerales, empleándose para ello escaleras de patilla, que
consistían en el uso de grandes vigas de madera como sostenes para
colocar los pies; los pasos
no tenían igual espaciamiento y su seguridad no era buena. Por esta razón
especialmente los trabajadores encargados del transporte del material escogido
hacia el exterior o sea a la cancha-mina realizaban esta tarea cargando una
mochila o arrastrándola con los pies en aquellas labores estrechas; esto debía
traer consecuencias o lesiones en la espalda y en las extremidades inferiores,
los codos, las rodillas, etc. Más tarde las escaleras fueron fabricadas con
tiras de cuero y peldaños de madera que debían ser anchas, ya que servían a la
vez para subir y bajar; existían lugares de descanso entre cada nivel.
Normalmente subían en grupos de tres personas con el mineral (unos 23 kilos), el
jefe llevaba una vela atada a su dedo pulgar.
Otra fuente de accidentes laborales era la caída y los derrumbes de planchones
(roca encajonante) que podían matar a los trabajadores dentro de la mina. La
falta de seguridad en muchas labores (ya en el siglo XVIII), era ocasionada por
los “kajchas” o trabajadores que a más de hurtar el mineral, derribaban los
puentes, aumentando la probabilidad de accidentes.
c) La situación de riesgo no era distinta en los ingenios, donde se procesaban
todos los materiales extraídos de la mina y donde en muchos casos trabajaban el
resto de la familia.
En los ingenios de tratamiento al haberse cambiado la tecnología en 1573, con la
introducción del proceso de amalgamación de cajones (empleando el mercurio), se
aumentó los riesgos de otros tipos de enfermedades y dolencias (hidrargirismo,
asma, silicosis, neumoconiosis, reumatismo, etc.). En la
trituración-molienda-clasificación de las menas argentíferas se originaba mucho
polvo, al ser realizadas estas operaciones en seco. Al parecer éste no fue un
gran problema durante el resto del siglo XVI, ya que dibujos de la época nos
muestran que estas labores eran efectuadas al aire libre.
Sin embargo, en
los siglos siguientes estas operaciones empezaron a efectuarse en ambientes
cerrados. Para evitar la inhalación de polvos, los indígenas empleaban pedazos
de tela colocados a la altura de la nariz y la boca. La coca masticada por ellos
servía también como un filtro. Para combatir al polvo, en Europa se había
introducido el uso de una especie de máscaras de vidrio (pulmosanes) y se recomendaba hacer traer una muestra y fabricarla localmente. A pesar de ello,
estas primitivas fuentes de protección no fueron suficiente para prevenir el
riesgo de enfermedades y de patologías laborales. Otra fuente de heridas y males
se han debido presentar cuando el mitayo o minga sentado delante del morterado
en las trituradoras de pisones y
accionadas por agua, se golpeaban al alimentar a esta máquina
los dedos y hasta la mano, si no prestaban atención cuando caían los mazos para
fragmentar los pedazos de mineral. Esto podría haber ocasionado incluso
amputaciones.
Ya en la continuación del proceso de tratamiento y si los
minerales argentíferos contenían sobre todo antimonio y arsénico se procedía a
efectuar la tostación con el objeto de eliminar el azufre como dióxido, que es
un fuerte contaminante del medio ambiente (responsable de la lluvia ácida) y
principalmente de la salud no sólo de los trabajadores, sino también de la
población que vivía aledaña a la Ribera de Ingenios, situada en pleno centro de
la villa y que por este motivo congregaba a una gran cantidad, compuesta de
individuos de toda nacionalidad, raza, edad y sexo. La tostación se la realizaba
en hornos o ramadas rústicas.
Durante la propia amalgamación,
los obreros estaban en contacto directo con el azogue; ya que según los
cronistas el mezclado de todos los insumos de ella (sal, sulfato de cobre, cal y
mercurio) con el mineral triturado, se lo efectuaba con los pies y en algunos
casos empleando azadones.
“Tanto en el proceso de
amalgamación como en el del lavado, el mineral tenía que ser pisado, repasado,
removido y trasladado por operarios indígenas. Estos trabajos, para los que el
mismo [gobernador de Potosí] Sanz reservaba los vocablos ‘bárbaro’, ‘cruel’ e
‘inhumano’, con frecuencia exigían la inmersión del operario hasta media pierna
en el lodo de los ‘cuerpos’, o hasta la cintura en el agua de los recipientes; y
esto desde una madrugada generalmente helada en pesadas tandas hasta el
anochecer. Aunque sus mujeres e hijos acudían con paños y ceniza caliente para
calentar sus miembros y protegerlos del sol, los repasiris y los lavadores con
frecuencia acababan congelados o escoriados por el frío ‘a los pocos años de la
flor de su edad, siendo raro el año o tal vez ninguno, en que no sucedan estas
tragedias en la Ribera. Era así que los ‘hospitales se San Juan de Dios y de
Belén se encontraban llenos de casos clínicos, entre silicosis, congelación y
envenenamiento del mercurio, víctimas del sistema americano con todas sus fases
dañinas a la salud” (Buechler 1989, I: 117-118). Una vez lograda la amalgama, se
separaba el azogue de los otros acompañantes sin valor, utilizando agua para
efectuar el lavado en tinas y “cochas” empleando las manos o con un azadón.
El mercurio y la
plata se separaban en forma mecánica empleando pedazos de tela exprimiendo la
pella. Sin embargo, la plata contenía azogue y esto se llevaba a la desazogadera,
una especie de horno donde se destilaba y se
obtenía gases de mercurio que
enfriados condensaban en metal líquido. A pesar de los cuidados que se ponía en
sellar los hornos, es fácil imaginarse algunas fugas de gas mercurial que daba
lugar a enfermedades nerviosas y afecciones a la dentadura. El hidrargirismo no
puede estar fuera de estas consideraciones.
d) Al final, la plata era fundida
y de esto ya nos hemos ocupado con anterioridad. Lo que no se ha dicho es que
este trabajo lo efectuaban las mujeres de los mineros que inclusive procesaban y
fundían los minerales robados o rescatados. Los niños eran empleados como mano
de obra barata, ya sea en los ingenios o en sus casas. Esto daba lugar a
enfermedades y dolencias que afectaban grandemente a las familias; los ancianos,
fuera de la edad de la mita, trabajaban en labores poco pesadas; como por
ejemplo, realizando la selección de los minerales y separándolos de la caja en
las bocaminas.
Con el paso del tiempo sabemos que en Potosí la tecnología y la
organización del trabajo fueron extremadamente retrasadas. Podemos resumir de
todo lo anterior, que los trabajadores en las minas, ingenios y fundidoras
estaban propensos a contraer enfermedades que afectaban su sistema respiratorio.
Dadas las condiciones del trabajo forzado y la mala alimentación, las afecciones
estomacales o enfermedades gastro-intestinales, males hepáticas (derivadas del
consumo excesivo de la chicha), enfermedades reumáticas, males hematológicos y
otras, no pueden ser descartadas. Por la clase de trabajo manual extendido a
casi todos los procesos productivos, las contusiones y heridas en diversas
partes del cuerpo de los afectados eran cuadros rutinarios. Muchos de los males
mencionados líneas arriba empeoraban el cuadro médico con la presencia de
sequías y hambrunas. Baste un ejemplo, el número de instalaciones amalgamadoras
a principios del siglo XVII, fue casi el doble que un siglo más tarde; y esto se
explica por las vicisitudes de la mita, la falta frecuente de agua, la terrible
epidemia de 1719 y, por último, debido a los “tiempos de pobreza” (Arduz 1988:
103).
ORGANIZACIÓN DE LA MANO DE OBRA:
LA MITA
La mita fue seguramente el factor que caracterizó el proceso
económico-productivo de la minería en la Audiencia de Charcas. Ahora pasaremos a
considerar este problema que, a nuestro entender, fue un factor decisivo para la
propagación de las enfermedades y dolencias. La concentración de los nativos
sacados de su habitat, o sea la constante migración a la que estaban sujetos,
seguramente influyó en sus defensas orgánicas, al punto de hacerlos débiles a
ciertos males. Otro hecho, radica en el intercambio de enfermedades entre los
migrantes locales
con sus similares de ultramar. Todos estos factores tuvieron que ver con la
mortalidad creciente que se experimentó, no llegando sin embargo a su total
exterminio, como ocurrió con los originarios de otros lugares conquistados. En
nuestro país, después de más de 500 años del Descubrimiento, por ejemplo,
subsiste la raza aymara y quechua con sus culturas, idiomas, costumbres y con
sus propias prácticas medicinales y de medicamentos empleados hasta hoy en día.
García de Llanos, a principios del siglo XVII, en su Diccionario define así el
término mita y mitayos. “Mita en la general quiere decir vez, y así indios de
mita o mitayos (que es lo mismo), quiere decir indios que les cupo la vez de
trabajar o servir en algún ministerio, aunque en los de Potosí no se usa el
nombre de mitayos; sino solamente para los que dejan los días de fiesta en el
Cerro a guardar el metal [mineral], y los demás y todos comúnmente se dicen
indios de mita” (Llanos 1983 [escrito en 1609]: 93). Para
Crespo, mita significa turno o relevo y “fue originalmente una institución
implantada por el colectivista Imperio Incaico y que estaba destinada a
movilizar y utilizar mano de obra para trabajos de interés general”. Se basaba
en el principio de obligatoriedad que nadie podía rehusar (Crespo 1970, I: 467). Abecia,
señala que el sistema de trabajo forzado era conocido como mit’a y se
castellanizó a mita, que significa turno o vez. Antes de la Conquista, mita no
tenía nada que ver con el trabajo. En quechua significa cualquier acontecimiento
cíclico, algo que regresa con cierta regularidad, como las lluvias (Abecia 1988:
57). El virrey
Toledo en su visita a los territorios del virreinato estudió por más de 2 años
el problema de las tasas y de esta forma estableció el número de huestes de
trabajadores que cada repartimiento podría proporcionar a la minería. En sus
Ordenanzas estaban consignados varios aspectos del trabajo minero y el salario
que debía pagarse. Su reglamentación se inspiraba en criterios de coacción, pero
también preveía un cierto cuidado de la mano de obra que interesaba a la Corona
para garantizar la productividad. A pesar de ello, el trato que recibían los
mitayos fue tan duro que pronto éstos comenzaron a fugarse de sus reducciones y
pueblos, a fin de no ser enrolados en la mita. De
esta forma los indígenas empezaron a ser regularmente censados y asignados a
distintos asientos mineros para fines productivos. En estos lugares tenían que
prestar un tributo cíclico en mano de obra y trabajo. En la práctica, el
servicio forzado
llegó a comprender incluso aquellos asentamientos indígenas que distaban cientos
de kilómetros de la Villa Imperial.
La medida sobrevivió con leves
cambios reglamentarios y alteraciones estadísticas hasta el último día de la
dominación: ello en contra del decreto de las Cortes de Cádiz que la abolió en
1812. Sin duda alguna, figura como una de las instituciones más opresivas y
tiránicas que haya existido contra la gente colonizada, durante 238 ó 239 años
que ella subsistió (Rene-Moreno 1959/1960: 9). A la mita fueron también enviadas
personas y comunidades a las cuales se quería imponer medidas ejemplares por
falta de respeto a las leyes, de observación de los tributos, etc.; de esta
forma en la imaginación de la población, la mita fue asociándose con el paso del
tiempo al concepto de “castigo”. ¿En qué consistía en realidad la mita y a
quiénes involucraba? Concernía a todos los indígenas o naturales que vivieran en
los menos o más de 139 pueblos comprendidos entre las 13 ó 17 provincias del
Altiplano y regiones circunvecinas que se estimaba eran las sujetas a las faenas
mineras de Potosí, distando de él algunos pueblos hasta 1000 kilómetros. El
trabajo forzado afectaba a todos los varones comprendidos entre los 18 y 50 años
de edad y aún a los menores de 18, casados; de las comunidades indígenas desde
el Lago Titicaca, al Norte; hasta la región de Tarija, al Sur (Crespo 1970,
I:471).
Debemos mencionar que el concepto territorial era esencial y las autoridades
coloniales se preocuparon de señalar las provincias contribuyentes o mitarias.
Estas provincias debían dar, por concepto de impuesto colonial, un número de
mano de obra. Los curacas o caciques locales eran los encargados de identificar
los mitayos y entregarlos a las autoridades, haciendo respetar este principio
básico para el funcionamiento del régimen colonial en Potosí. Y
lo inhumano de los turnos de trabajo, radicaba en que en las minas la actividad
comenzaba en una cancha grande, los lunes, al pie del Cerro donde se repartían a
los propietarios los naturales de cédula o mita. La semana comprendía cinco
jornadas, o sea todas las noches menos las del sábado y el domingo (los días de
precepto religioso eran respetados estrictamente). Para controlar el trabajo de
los coaccionados, cada dos días, o sea los miércoles y viernes (recalcando que
la semana entera era de cinco días), se hacía la cancha; esto consistía en que
cada indígena iba colocando el mineral que había explotado. Esta era la
oportunidad para los trabajadores
de tomar aire fresco y de ingerir alguna comida
caliente que sus familiares les llevaban; ya que los otros días se alimentaban
de kuka, mote de haba, charque, tostado y otros; o sea que se trataba de una
ración fría y seca. Es fácil comprender que estando mal alimentados, y si a eso
añadimos su forma de vida, los fines de semana hayan estado acompañados de
ruidosas celebraciones tomando ingentes cantidades de chicha; y aunque no les
estaba permitido beber vino y aguardientes, sí lo hacían. Además, su vida
rutinaria la pasaban acullicando hojas de kuka y, con el tiempo, seguramente
fumando cigarrillos. Por eso, ellos y sus allegados se fueron haciendo menos
resistentes a las enfermedades y epidemias. La idea de qué estaba detrás de la
mita era, en todo caso, que los naturales por su condición de conquistados
pagaran un tributo o imposición económica, al igual que la prestación de un
servicio personal. Consiguientemente, estaban obligadas las provincias elegidas
a enviar a Potosí un número de mitayos según el número de habitantes de las
comunidades al año o sea una séptima parte (14.3%) de sus tributarios y un
natural de ir teóricamente a Potosí una vez entre seis y siete veces
discontinuamente en los 32 años de su vida tributaria (o sea entre 18 y los 50
años). Para comprender esta situación, veamos, por ejemplo, que los trece mil
quinientos naturales repartidos en algún año constituían lo que se denominaba
“la gruesa de la mita”. De ellos debían trabajar durante una semana la tercera
parte (cuatro mil quinientos), esto daba lugar a la “mita
ordinaria”; entonces, el resto o sea dos terceras
partes (nueve mil quinientos) descansaban durante dos semanas y así se
alternaban; un mitayo trabajaba durante casi cuatro meses del año (17 semanas y
dos días). En otras palabras, las provincias obligadas tenían una población apta
y disponible para 7 años de 94 500 varones; la séptima parte trabajaba un año y
descansaba seis. Toledo y otras autoridades inteligentemente excluyeron a
aquellos originarios de las tierras bajas, ya que ellos difícilmente podían
adaptarse a las condiciones climáticas de Potosí. A fines del siglo XVII los de
la mita ordinaria debían trabajar en dos puntas, una había desaparecido por
falta de tributarios.
Más tarde, variaron el número de las provincias y de los pueblos sometidos al
repartimiento. La distancia de las diferentes provincias a Potosí fluctuaba
entre 450-1000 kilómetros. Además, fueron nombrados seis
caciques como procuradores con el titulo de
capitanes. A éstos se sumó un principal de los repartimientos para que ayudase a
los capitanes, con amplios poderes. En las comunidades o ayllus los
quipocamayos
eran los contadores y quienes efectuaban su tarea con ayuda de hilos de colores
y cuyas descripciones
significaban los ayllus y parcialidades, los pueblos y los
naturales, con su ganado y ropa (Capoche 1959 [escrito entre 1582-85]:
138). Incluso los llegados de lugares no muy bajos no soportaron el crudo clima
y las terribles condiciones de trabajo, amén de otros, que fallecieron en el
camino; de suerte que por doquier cundía el pánico y no faltaron las cartas
enviadas por los religiosos a las autoridades sobre el trabajo y tratamiento que
se daba a los naturales en las minas e ingenios. El número
de mitayos fue descendiendo por diversos motivos, incluyendo el aspecto de la
salud; y aunque los datos varían de una fuente a otra, a mediados del siglo XVII
rebajó la séptima, la gruesa y el tercio. Los 81.000 pobladores de los 16
distritos empadronados por Toledo bajaron, a consecuencia de los fallecimientos
y las fugas, a 16.000 en 1662. La disminución de la mano de obra continúo en el
siglo siguiente (Wittman 1980: 113). A su vez los mestizos, los pequeños
comerciantes y todas las categorías exentas de la mita se multiplicaron.
Asimismo, los trabajadores libres o mingas eran empleados en las minas y en los
ingenios de amalgamación. “Hacia 1750, la población andina, mermada por las
epidemias y las condiciones de trabajo, particularmente duras en las minas y en
los ingenios , solo era un cuarto de la de 1533, fecha de llegada de los
españoles” (Gioda/Serrano 2000: 59). En 1780, la mano de obra sometida a la
coacción apenas alcanzaba a 2 880, frente a los 14 248 convocados en 1577; vale
decir, era apenas la quinta parte.
MITA Y CONDICIONES DE SALUD
Como preámbulo presentamos el comentario de alguien que estuvo en
las entrañas de la Montaña de Plata: “Y los mineros hacen trabajar a los indios,
y no los dejan dormir de noche las horas que les tienen ordenadas; y como los
miserables están de continuo allá dentro barreteando, ni saben cuándo amanece ni
cuándo anochece. Y así pasa esta gente gran trabajo y mueren muchos indios de
enfermedad, otros despeñados, otros ahogados, y otros descalabrados de las
piernas, que caen; y otros se quedan allá adentro enterrados, de suerte que
apenas hay día sin que haya alguna cosa de éstas. (...). A mi me quebraba el
corazón de ver cuando los indios salían los miércoles a comer a las bocas de las
minas, a recibir la comida que les llevaban las mujeres, los lloros y lágrimas
de ellas, de ver sus maridos salir llenos de polvo y flacos y amarillos y
enfermos y cansados” (Ocaña 1969 [1601]: 62).
Muchos cronistas han descrito las principales características de la mita y las
consecuencias que este sistema de organización del trabajo tuvo en la situación
de salud de los habitantes de Charcas. Las opiniones, pese a tener matices
distintos, concuerdan en el enorme impacto de este sistema en las con-diciones
de las personas. Para ellos no cabía duda alguna que el trabajo en las minas e
ingenios y el tipo de vida que llevaban los naturales, conducía a distintos
tipos de patologías que podían tener consecuencias fatales: diversas
enfermedades bronco-pulmonares, entre las que podemos destacar a: la
tuberculosis, la bronquitis, el asma, la silicosis, la neumoconiosis, las
afecciones cardiacas y también del estómago, vesícula, riñones, hígado, nervios,
ojos, oídos y extremidades.
De todo esto se generó una condición crónica de enfermedad que afectó a la
mayoría de quienes trabajaron en la minería. Algunas patologías en particular
acecharon a los trabajadores de las minas e ingenios durante todo el período
colonial. A falta de instituciones para proteger a las clases desposeídas en su
lucha por su existencia, no cabe la menor duda que la caridad pública hacía una
labor encomiable y piadosa. No se concebía desde la época pre-colonial un
menesteroso abandono y, por este motivo, tanto los huérfanos, los enfermos, los
ancianos y en general los pobres recibieron de los benefactores medicamentos,
ropa y víveres. En todo caso el dato cierto y muy curioso es que a la hora de
entregar datos de tipo epidemiológico sobre los efectos de la actividad minera
en la población nativa durante el período colonial, nos encontramos con una
falta evidente de información fidedigna. Sólo es posible razonar a través de
inferencias, hipótesis y descripciones cualitativas. Ya hemos mencionado que con
el transcurrir de los años, la mita y los mitarios fueron disminuyendo; y entre
una de las causales se cuenta la desolación que causaron aquellas grandes
epidemias. Dignas de mención, son: la de 1590, cuando se desató una de viruela
que casi dio fin con la población nativa; y el problema de fuentes de trabajo se
tornó tan agudo que incluso se pensó traer negros del Brasil para relevar a los
mitayos que estaban muy agotados. Se aseguraba que el exterminio de la po-blación
se debía a enfermedades como la erisipela y el garrotillo, del año de 1614; sin
olvidarse de la mayor de todas las pestes, la de 1719 (bubónica, tabardillo,
etc.) que hizo estragos entre la gente indígena. Las epidemias tuvieron un papel
importante en el colapso demográfico de la América indígena (Cook 1981: 360).
CONCLUSIONES
El cuadro descrito en las
líneas precedentes nos revela claramente el enorme impacto que tuvo la minería
en la vida y en las condiciones de salubridad de la población de la Audiencia de
Charcas y otras provincias limítrofes: las minas, los ingenios y las fundidoras
fueron sin lugar a dudas una causal constante de patologías y enfermedades para
la población; esto, pese a los esfuerzos que se realizaron, en términos
legislativos, para mitigar la rudeza del trabajo y humanizar el sistema. No
obstante, un elemento muy interesante es que los registros oficiales no muestran
rastros de esta situación: ni en las cédulas reales, ni tampoco en las Actas del
Cabildo, o en los registros de muerte; y tampoco en otras fuentes
institucionales, ha sido posible encontrar datos que nos permitan objetivar y
cuantificar los efectos de la minería en la salud de la población. ¿Cómo podemos
interpretar este fenómeno? Por una parte, no cabe duda que la Corona no tenía
ningún interés en poner de relieve la dramática situación sanitaria que generaba
el trabajo en las actividades mineras. Es probable que, aún cuando no haya
existido un intento de sistemática ocultación, las autoridades coloniales no
hubieran querido llevar a los documentos oficia-les situaciones de muertes, de
accidentes y enfermedades que se relacionaban con los procesos extractivos. De
otra forma es muy difícil poder explicar esta falta absoluta de referencias en
las fuentes señaladas. Por otra parte, vale la pena señalar que todo el sistema
de registro de la información, durante la Colonia, careció de sistematicidad; lo
que también puede haber generado vacíos muy significativos en la recuperación de
este tipo de datos.
También, es posible recordar que quizás el mayor impacto de la minería se
manifestó en forma indirecta; más que en muertes violentas y accidentes, a
través de enfermedades que consumían lentamente a la población hasta llevarla a
la muerte “silenciosa”; fallecimientos o decesos que finalmente no eran
clasificadas como producto del trabajo minero, sino de otros tipos de causales. Esto
ha llevado a varios intelectuales a posiciones extremas y muy divergentes:
algunos señalan cifras muy altas, haciendo referencia a millones de muertos.
También los cronistas, como hemos mencionado, describen muy dramáticamente el
fenómeno. Si asumiéramos el número de fallecidos de 150 por día, mencionado por
Wittman, entre los años del comienzo y culminación de la
mita: 1550-1812,
obtendríamos la trágica suma de 15 millones de nativos, pero no sólo en las
minas del Cerro (Wittman 1980: 112).
Ya hemos indicado que en los primeros años (1548-53), fueron contabilizados más
de ocho millones de habitantes; y en 1791, época del virrey Gil, los censados
apenas llegaban a 1 076 122 habitantes. Esta diferencia puede explicarse
solamente por la inmensa mortalidad, inferida en cientos de miles, en cada una
de las epidemias que de seguro afectaron a los mitayos y sus familias. Además, a
los primeros les afectó las consecuencias de la mita y, a sus parientes o
familiares, las condiciones de habitabilidad y falta de higiene pública. Al
respecto, el padre Calancha, tenía la opinión que “en las minas de Potosí su-cumbieron
más indios que metales [minerales] han molido los ingenios, pues cada peso que
se acuña cuesta diez indios que mueren” (Balcázar 1956: 196). A estas opiniones
se suma la de Galeano, quien asevera que en 300 años, se sacrificaron unos ocho
millones de vidas en Potosí. Los naturales eran arrancados de sus comunidades
agrícolas y “arreados” junto a sus familias rumbo a las entrañas del cerro.
Siete de cada diez no regresaba jamás, y en sus comunidades de origen veían
volver sólo a las viudas y huérfanos. Todos sabían que en la mina esperaban “mil
muertes y desastres” (Galeano 1991: 60).
Peñaloza, comenta: “Para Potosí, por ejemplo, se ha repetido que la mortalidad
indígena se elevó a 50.000 personas por año, lo cual representaría casi 8
millones en 150 años, número superior posiblemente al verdadero, pues no está
acorde con los datos que se disponen acerca de la población, ni respecto al
número de trabajadores en actividad en las épocas de mayor intensidad del
trabajo minero.(...). Mal podía, pues, haber sido tan grande la mortalidad solo
en las minas, pues en tal caso la epidemia [de 1719] que ha perdurado en los
anales apenas si sería recordada. (...) Por otra parte, la cantidad de 28.000
personas ocupadas en Potosí a principios del siglo XVII habría sido muy inferior
a la de los muertos en un solo año, y la cifra de 8 millones como muertos en
Potosí durante 150 años es también imposible considerando el total de la
población altoperuana, al comienzo de la conquista y después” (Peñaloza 1981:
330-331).
Algún otro autor, reporta
comentarios mucho más moderados haciendo referencia al hecho que era interés de
la misma Colonia no perjudicar la mano de obra tan necesaria para el
funcionamiento de la industria extractiva. Por 1582, Capoche narra que “el
hospital [está lleno] de indios heridos, y mueren cada año más de cincuenta, que
esta fiera bestia se traga vivos. Y al presente, se está siguiendo más de
setenta causas criminales de muertes de indios en los tribunales de juez de
naturales y alcalde de minas” (Capoche 1959 [escrito entre 1582-85]: 159). Si
éstos pudieron ser las víctimas durante todo el coloniaje y que eran reportados
en el único hospital, la cifra de muertos sería realmente muy pequeña. La última
consideración hay que hacerla mencionando el enorme impacto socio-cultural que
tuvo la mita en los pueblos de Charcas: desplazamientos y migraciones forzadas,
desigualdad socio-económica, división al interior de los ayllus, ruptura del
sistema de integración ecológica de las comunidades andinas: control de
distintos pisos ecológicos, diversificación de la alimentación y quiebre en la
identidad cultural.
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