Free Web Hosting Provider - Web Hosting - E-commerce - High Speed Internet - Free Web Page
Search the Web

  LA MINERÍA Y LA SALUD EN LA COLONIA*
 

 

Dr.-Ing. Carlos Serrano**

 

Palabras claves: Minería colonial. Salud. Salubridad

 

 * Trabajo financiado por la Cooperación Italiana de Potosí

** Miembro de IHIGEO (Australia) y de la SEDPMYG (España) 

CONSIDERACIONES GENERALES
Producida la Conquista de América, los españoles y, en menor grado los portugueses, se dedicaron incansablemente a la búsqueda de yacimientos auríferos y argentíferos. Potosí fue uno de los 45 yacimientos que se trabajaron intensivamente (entre 1525 al 1600 en las actuales repúblicas de México, Honduras, Cuba, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Brasil). Desde 1545, en menos de 30 años, el pequeño poblado más conocido como “Asiento de Minas” se transformó en una villa riquísima que albergaba a miles de habitantes; con incontables problemas de salubridad. En este caso de estudio abordaremos el tema de la influencia de la minería en el proceso salud-enfermedad. Para investigar esta fenomenología tomaremos en consideración tres factores: la tecnología utilizada en la extracción y tratamiento de los minerales, la particular forma de organización de la explotación que caracterizó la minería en Potosí: el trabajo forzado y su repercusión en la salud de los coaccionados.
 


EL PROCESO TECNOLÓGICO
En lo que se refiere a éste, lo que se puede señalar es que las distintas modalidades de explotación de los minerales argentíferos, sumadas a las condiciones de extracción, al beneficio y fundición de la plata, pesaron en la situación de salubridad de los mineros. Veamos de qué manera: 

a) En el período inicial de la Colonia los minerales, gracias a los contenidos altos de plata en las minas, se explotaban a tajo abierto en el Cerro Rico. Posteriormente, eran directamente fundidos en hornos rústicos o guairas, empleando la tecnología nativa.
En la mina, a tajo abierto ocurrían a menudo accidentes por la profundidad que alcanzaron este tipo de labores de explotación y extracción. Estos consistían en la caída desde las escaleras, de los trabajadores, que sufrían al caer fracturas de las extremidades y contusiones por golpes en cualquier parte del cuerpo. También pueden haberse originado lesiones en los ojos por pedazos de roca o mineral que saltaban cuando se barreteaba, o recibían golpes en las manos y dedos por el empleo de combos pesados. Los indígenas a pesar de realizar el trabajo en lugares abiertos, estaban expuestos al polvo y a los fenómenos naturales, lo que les generaba con frecuencia males pulmonares, bronquitis, catarros y toses, que con el pasar del tiempo se complicaban con la aparición de cuadros de neumoconiosis, silicosis y de tuberculosis (tisis).En las faldas del cerro y en las viviendas se realizaba la fundición. La gente encargada de obtener las barras de plata estaba expuesta a muchos factores de contaminación ambiental y de daño a su salud, por la inhalación de gases tóxicos, quemaduras debido al manipuleo de las escorias y de la plata fundida, la inhalación de polvos durante el carguío de los hornos previo a la fundición y otros menores.

b) Posteriormente, las labores a cielo abierto dieron paso a los trabajos subterráneos que se realizaban en distintas clases de labores abiertas muy artesanalmente. Más tarde la ayuda de la pólvora garantizó mayor efectividad a las tareas de extracción. Sin embargo, los problemas de salubridad aumentaron, ya que la profundidad de las labores generaba problemas de arranque, explotación, transporte, ventilación, iluminación y desagüe. En los piques, se tenía mala calidad del aire y, a medida que las labores se profundizaban, tuvieron que idearse sistemas de ventilación.
El hecho notable tecnológico de la utilización de la pólvora (a mediados del siglo XVI) para realizar el arranque habría aumentado los riesgos de enfermedades profesionales por la gran profusión de polvo originado por las explosiones (Serrano 1998: 91-92). Todo esto dio paso al recrudecimiento de las enfermedades pulmonares, de la tisis, bronquitis, accesos de tos y fiebre. También, se exigía el traslado de los polvorines situados en la villa, a sus afueras y de esta manera evitar accidentes entre los pobladores por explosiones casuales o provocadas.Es conocido el aumento de la temperatura en función de la profundidad de una mina. Los mineros trabajaban en ambientes que contrastaban con la situación climática característica de Potosí, lo que repercutía en la salud de los naturales: tos, catarros, resfriados eran enfermedades que estaban a la orden del día, que al no ser convenientemente curadas derivaban en pleuresía o “mal de costado” y otras graves afecciones respiratorias.Con la difusión de los trabajos en profundidad, surgió también el problema del transporte de los minerales, empleándose para ello escaleras de patilla, que consistían en el uso de grandes vigas de madera como sostenes para colocar los pies; los pasos no tenían igual espaciamiento y su seguridad no era buena. Por esta razón especialmente los trabajadores encargados del transporte del material escogido hacia el exterior o sea a la cancha-mina realizaban esta tarea cargando una mochila o arrastrándola con los pies en aquellas labores estrechas; esto debía traer consecuencias o lesiones en la espalda y en las extremidades inferiores, los codos, las rodillas, etc. Más tarde las escaleras fueron fabricadas con tiras de cuero y peldaños de madera que debían ser anchas, ya que servían a la vez para subir y bajar; existían lugares de descanso entre cada nivel. Normalmente subían en grupos de tres personas con el mineral (unos 23 kilos), el jefe llevaba una vela atada a su dedo pulgar.
Otra fuente de accidentes laborales era la caída y los derrumbes de planchones (roca encajonante) que podían matar a los trabajadores dentro de la mina. La falta de seguridad en muchas labores (ya en el siglo XVIII), era ocasionada por los “kajchas” o trabajadores que a más de hurtar el mineral, derribaban los puentes, aumentando la probabilidad de accidentes.

c) La situación de riesgo no era distinta en los ingenios, donde se procesaban todos los materiales extraídos de la mina y donde en muchos casos trabajaban el resto de la familia.
En los ingenios de tratamiento al haberse cambiado la tecnología en 1573, con la introducción del proceso de amalgamación de cajones (empleando el mercurio), se aumentó los riesgos de otros tipos de enfermedades y dolencias (hidrargirismo, asma, silicosis, neumoconiosis, reumatismo, etc.). En la trituración-molienda-clasificación de las menas argentíferas se originaba mucho polvo, al ser realizadas estas operaciones en seco. Al parecer éste no fue un gran problema durante el resto del siglo XVI, ya que dibujos de la época nos muestran que estas labores eran efectuadas al aire libre.

Sin embargo, en los siglos siguientes estas operaciones empezaron a efectuarse en ambientes cerrados. Para evitar la inhalación de polvos, los indígenas empleaban pedazos de tela colocados a la altura de la nariz y la boca. La coca masticada por ellos servía también como un filtro. Para combatir al polvo, en Europa se había introducido el uso de una especie de máscaras de vidrio (pulmosanes) y se recomendaba hacer traer una muestra y fabricarla localmente. A pesar de ello, estas primitivas fuentes de protección no fueron suficiente para prevenir el riesgo de enfermedades y de patologías laborales. Otra fuente de heridas y males se han debido presentar cuando el mitayo o minga sentado delante del morterado en las trituradoras de pisones y
accionadas por agua, se golpeaban al alimentar a esta máquina los dedos y hasta la mano, si no prestaban atención cuando caían los mazos para fragmentar los pedazos de mineral. Esto podría haber ocasionado incluso amputaciones.
Ya en la continuación del proceso de tratamiento y si los minerales argentíferos contenían sobre todo antimonio y arsénico se procedía a efectuar la tostación con el objeto de eliminar el azufre como dióxido, que es un fuerte contaminante del medio ambiente (responsable de la lluvia ácida) y principalmente de la salud no sólo de los trabajadores, sino también de la población que vivía aledaña a la Ribera de Ingenios, situada en pleno centro de la villa y que por este motivo congregaba a una gran cantidad, compuesta de individuos de toda nacionalidad, raza, edad y sexo. La tostación se la realizaba en hornos o ramadas rústicas.
Durante la propia amalgamación, los obreros estaban en contacto directo con el azogue; ya que según los cronistas el mezclado de todos los insumos de ella (sal, sulfato de cobre, cal y mercurio) con el mineral triturado, se lo efectuaba con los pies y en algunos casos empleando azadones.
“Tanto en el proceso de amalgamación como en el del lavado, el mineral tenía que ser pisado, repasado, removido y trasladado por operarios indígenas. Estos trabajos, para los que el mismo [gobernador de Potosí] Sanz reservaba los vocablos ‘bárbaro’, ‘cruel’ e ‘inhumano’, con frecuencia exigían la inmersión del operario hasta media pierna en el lodo de los ‘cuerpos’, o hasta la cintura en el agua de los recipientes; y esto desde una madrugada generalmente helada en pesadas tandas hasta el anochecer. Aunque sus mujeres e hijos acudían con paños y ceniza caliente para calentar sus miembros y protegerlos del sol, los repasiris y los lavadores con frecuencia acababan congelados o escoriados por el frío ‘a los pocos años de la flor de su edad, siendo raro el año o tal vez ninguno, en que no sucedan estas tragedias en la Ribera. Era así que los ‘hospitales se San Juan de Dios y de Belén se encontraban llenos de casos clínicos, entre silicosis, congelación y envenenamiento del mercurio, víctimas del sistema americano con todas sus fases dañinas a la salud” (Buechler 1989, I: 117-118). Una vez lograda la amalgama, se separaba el azogue de los otros acompañantes sin valor, utilizando agua para efectuar el lavado en tinas y “cochas” empleando las manos o con un azadón.

El mercurio y la plata se separaban en forma mecánica empleando pedazos de tela exprimiendo la pella. Sin embargo, la plata contenía azogue y esto se llevaba a la desazogadera, una especie de horno donde se destilaba y se
obtenía gases de mercurio que enfriados condensaban en metal líquido. A pesar de los cuidados que se ponía en sellar los hornos, es fácil imaginarse algunas fugas de gas mercurial que daba lugar a enfermedades nerviosas y afecciones a la dentadura. El hidrargirismo no puede estar fuera de estas consideraciones.
d) Al final, la plata era fundida y de esto ya nos hemos ocupado con anterioridad. Lo que no se ha dicho es que este trabajo lo efectuaban las mujeres de los mineros que inclusive procesaban y fundían los minerales robados o rescatados. Los niños eran empleados como mano de obra barata, ya sea en los ingenios o en sus casas. Esto daba lugar a enfermedades y dolencias que afectaban grandemente a las familias; los ancianos, fuera de la edad de la mita, trabajaban en labores poco pesadas; como por ejemplo, realizando la selección de los minerales y separándolos de la caja en las bocaminas. 
Con el paso del tiempo sabemos que en Potosí la tecnología y la organización del trabajo fueron extremadamente retrasadas. Podemos resumir de todo lo anterior, que los trabajadores en las minas, ingenios y fundidoras estaban propensos a contraer enfermedades que afectaban su sistema respiratorio. Dadas las condiciones del trabajo forzado y la mala alimentación, las afecciones estomacales o enfermedades gastro-intestinales, males hepáticas (derivadas del consumo excesivo de la chicha), enfermedades reumáticas, males hematológicos y otras, no pueden ser descartadas. Por la clase de trabajo manual extendido a casi todos los procesos productivos, las contusiones y heridas en diversas partes del cuerpo de los afectados eran cuadros rutinarios. Muchos de los males mencionados líneas arriba empeoraban el cuadro médico con la presencia de sequías y hambrunas. Baste un ejemplo, el número de instalaciones amalgamadoras a principios del siglo XVII, fue casi el doble que un siglo más tarde; y esto se explica por las vicisitudes de la mita, la falta frecuente de agua, la terrible epidemia de 1719 y, por último, debido a los “tiempos de pobreza” (Arduz 1988: 103). 

ORGANIZACIÓN DE LA MANO DE OBRA: LA MITA
La mita fue seguramente el factor que caracterizó el proceso económico-productivo de la minería en la Audiencia de Charcas. Ahora pasaremos a considerar este problema que, a nuestro entender, fue un factor decisivo para la propagación de las enfermedades y dolencias. La concentración de los nativos sacados de su habitat, o sea la constante migración a la que estaban sujetos, seguramente influyó en sus defensas orgánicas, al punto de hacerlos débiles a ciertos males. Otro hecho, radica en el intercambio de enfermedades entre los migrantes
locales con sus similares de ultramar. Todos estos factores tuvieron que ver con la mortalidad creciente que se experimentó, no llegando sin embargo a su total exterminio, como ocurrió con los originarios de otros lugares conquistados. En nuestro país, después de más de 500 años del Descubrimiento, por ejemplo, subsiste la raza aymara y quechua con sus culturas, idiomas, costumbres y con sus propias prácticas medicinales y de medicamentos empleados hasta hoy en día. 
García de Llanos, a principios del siglo XVII, en su Diccionario define así el término mita y mitayos. “Mita en la general quiere decir vez, y así indios de mita o mitayos (que es lo mismo), quiere decir indios que les cupo la vez de trabajar o servir en algún ministerio, aunque en los de Potosí no se usa el nombre de mitayos; sino solamente para los que dejan los días de fiesta en el Cerro a guardar el metal [mineral], y los demás y todos comúnmente se dicen indios de mita” (Llanos 1983 [escrito en 1609]: 93). 
Para Crespo, mita significa turno o relevo y “fue originalmente una institución implantada por el colectivista Imperio Incaico y que estaba destinada a movilizar y utilizar mano de obra para trabajos de interés general”. Se basaba en el principio de obligatoriedad que nadie podía rehusar (Crespo 1970, I: 467). Abecia, señala que el sistema de trabajo forzado era conocido como mit’a y se castellanizó a mita, que significa turno o vez. Antes de la Conquista, mita no tenía nada que ver con el trabajo. En quechua significa cualquier acontecimiento cíclico, algo que regresa con cierta regularidad, como las lluvias (Abecia 1988: 57). El virrey Toledo en su visita a los territorios del virreinato estudió por más de 2 años el problema de las tasas y de esta forma estableció el número de huestes de trabajadores que cada repartimiento podría proporcionar a la minería. En sus Ordenanzas estaban consignados varios aspectos del trabajo minero y el salario que debía pagarse. Su reglamentación se inspiraba en criterios de coacción, pero también preveía un cierto cuidado de la mano de obra que interesaba a la Corona para garantizar la productividad. A pesar de ello, el trato que recibían los mitayos fue tan duro que pronto éstos comenzaron a fugarse de sus reducciones y pueblos, a fin de no ser enrolados en la mita. De esta forma los indígenas empezaron a ser regularmente censados y asignados a distintos asientos mineros para fines productivos. En estos lugares tenían que prestar un tributo cíclico en mano de obra y trabajo. En la práctica, el servicio forzado llegó a comprender incluso aquellos asentamientos indígenas que distaban cientos de kilómetros de la Villa Imperial.
 La medida sobrevivió con leves cambios reglamentarios y alteraciones estadísticas hasta el último día de la dominación: ello en contra del decreto de las Cortes de Cádiz que la abolió en 1812. Sin duda alguna, figura como una de las instituciones más opresivas y tiránicas que haya existido contra la gente colonizada, durante 238 ó 239 años que ella subsistió (Rene-Moreno 1959/1960: 9). A la mita fueron también enviadas personas y comunidades a las cuales se quería imponer medidas ejemplares por falta de respeto a las leyes, de observación de los tributos, etc.; de esta forma en la imaginación de la población, la mita fue asociándose con el paso del tiempo al concepto de “castigo”. ¿En qué consistía en realidad la mita y a quiénes involucraba? Concernía a todos los indígenas o naturales que vivieran en los menos o más de 139 pueblos comprendidos entre las 13 ó 17 provincias del Altiplano y regiones circunvecinas que se estimaba eran las sujetas a las faenas mineras de Potosí, distando de él algunos pueblos hasta 1000 kilómetros. El trabajo forzado afectaba a todos los varones comprendidos entre los 18 y 50 años de edad y aún a los menores de 18, casados; de las comunidades indígenas desde el Lago Titicaca, al Norte; hasta la región de Tarija, al Sur (Crespo 1970, I:471). 

Debemos mencionar que el concepto territorial era esencial y las autoridades coloniales se preocuparon de señalar las provincias contribuyentes o mitarias. Estas provincias debían dar, por concepto de impuesto colonial, un número de mano de obra. Los curacas o caciques locales eran los encargados de identificar los mitayos y entregarlos a las autoridades, haciendo respetar este principio básico para el funcionamiento del régimen colonial en Potosí. 
Y lo inhumano de los turnos de trabajo, radicaba en que en las minas la actividad comenzaba en una cancha grande, los lunes, al pie del Cerro donde se repartían a los propietarios los naturales de cédula o mita. La semana comprendía cinco jornadas, o sea todas las noches menos las del sábado y el domingo (los días de precepto religioso eran respetados estrictamente). Para controlar el trabajo de los coaccionados, cada dos días, o sea los miércoles y viernes (recalcando que la semana entera era de cinco días), se hacía la cancha; esto consistía en que cada indígena iba colocando el mineral que había explotado. Esta era la oportunidad para los trabajadores de tomar aire fresco y de ingerir alguna comida caliente que sus familiares les llevaban; ya que los otros días se alimentaban de kuka, mote de haba, charque, tostado y otros; o sea que se trataba de una ración fría y seca. Es fácil comprender que estando mal alimentados, y si a eso añadimos su forma de vida, los fines de semana hayan estado acompañados de ruidosas celebraciones tomando ingentes cantidades de chicha; y aunque no les estaba permitido beber vino y aguardientes, sí lo hacían. Además, su vida rutinaria la pasaban acullicando hojas de kuka y, con el tiempo, seguramente fumando cigarrillos. Por eso, ellos y sus allegados se fueron haciendo menos resistentes a las enfermedades y epidemias. La idea de qué estaba detrás de la mita era, en todo caso, que los naturales por su condición de conquistados pagaran un tributo o imposición económica, al igual que la prestación de un servicio personal. Consiguientemente, estaban obligadas las provincias elegidas a enviar a Potosí un número de mitayos según el número de habitantes de las comunidades al año o sea una séptima parte (14.3%) de sus tributarios y un natural de ir teóricamente a Potosí una vez entre seis y siete veces discontinuamente en los 32 años de su vida tributaria (o sea entre 18 y los 50 años). Para comprender esta situación, veamos, por ejemplo, que los trece mil quinientos naturales repartidos en algún año constituían lo que se denominaba “la gruesa de la mita”. De ellos debían trabajar durante una semana la tercera parte (cuatro mil quinientos), esto daba lugar a la “mita ordinaria”; entonces, el resto o sea dos terceras partes (nueve mil quinientos) descansaban durante dos semanas y así se alternaban; un mitayo trabajaba durante casi cuatro meses del año (17 semanas y dos días). En otras palabras, las provincias obligadas tenían una población apta y disponible para 7 años de 94 500 varones; la séptima parte trabajaba un año y descansaba seis. Toledo y otras autoridades inteligentemente excluyeron a aquellos originarios de las tierras bajas, ya que ellos difícilmente podían adaptarse a las condiciones climáticas de Potosí. A fines del siglo XVII los de la mita ordinaria debían trabajar en dos puntas, una había desaparecido por falta de tributarios. 
Más tarde, variaron el número de las provincias y de los pueblos sometidos al repartimiento. La distancia de las diferentes provincias a Potosí fluctuaba entre 450-1000 kilómetros. Además, fueron nombrados seis
caciques como procuradores con el titulo de capitanes. A éstos se sumó un principal de los repartimientos para que ayudase a los capitanes, con amplios poderes. En las comunidades o ayllus los
quipocamayos eran los contadores y quienes efectuaban su tarea con ayuda de hilos de colores y cuyas descripciones significaban los ayllus y parcialidades, los pueblos y los naturales, con su ganado y ropa (Capoche 1959 [escrito entre 1582-85]: 138). Incluso los llegados de lugares no muy bajos no soportaron el crudo clima y las terribles condiciones de trabajo, amén de otros, que fallecieron en el camino; de suerte que por doquier cundía el pánico y no faltaron las cartas enviadas por los religiosos a las autoridades sobre el trabajo y tratamiento que se daba a los naturales en las minas e ingenios. El número de mitayos fue descendiendo por diversos motivos, incluyendo el aspecto de la salud; y aunque los datos varían de una fuente a otra, a mediados del siglo XVII rebajó la séptima, la gruesa y el tercio. Los 81.000 pobladores de los 16 distritos empadronados por Toledo bajaron, a consecuencia de los fallecimientos y las fugas, a 16.000 en 1662. La disminución de la mano de obra continúo en el siglo siguiente (Wittman 1980: 113). A su vez los mestizos, los pequeños comerciantes y todas las categorías exentas de la mita se multiplicaron. Asimismo, los trabajadores libres o mingas eran empleados en las minas y en los ingenios de amalgamación. “Hacia 1750, la población andina, mermada por las epidemias y las condiciones de trabajo, particularmente duras en las minas y en los ingenios , solo era un cuarto de la de 1533, fecha de llegada de los españoles” (Gioda/Serrano 2000: 59). En 1780, la mano de obra sometida a la coacción apenas alcanzaba a 2 880, frente a los 14 248 convocados en 1577; vale decir, era apenas la quinta parte. 

MITA Y CONDICIONES DE SALUD

Como preámbulo presentamos el comentario de alguien que estuvo en las entrañas de la Montaña de Plata: “Y los mineros hacen trabajar a los indios, y no los dejan dormir de noche las horas que les tienen ordenadas; y como los miserables están de continuo allá dentro barreteando, ni saben cuándo amanece ni cuándo anochece. Y así pasa esta gente gran trabajo y mueren muchos indios de enfermedad, otros despeñados, otros ahogados, y otros descalabrados de las piernas, que caen; y otros se quedan allá adentro enterrados, de suerte que apenas hay día sin que haya alguna cosa de éstas. (...). A mi me quebraba el corazón de ver cuando los indios salían los miércoles a comer a las bocas de las minas, a recibir la comida que les llevaban las mujeres, los lloros y lágrimas de ellas, de ver sus maridos salir llenos de polvo y flacos y amarillos y enfermos y cansados” (Ocaña 1969 [1601]: 62).
Muchos cronistas han descrito las principales características de la mita y las consecuencias que este sistema de organización del trabajo tuvo en la situación de salud de los habitantes de Charcas. Las opiniones, pese a tener matices distintos, concuerdan en el enorme impacto de este sistema en las con-diciones de las personas. Para ellos no cabía duda alguna que el trabajo en las minas e ingenios y el tipo de vida que llevaban los naturales, conducía a distintos tipos de patologías que podían tener consecuencias fatales: diversas enfermedades bronco-pulmonares, entre las que podemos destacar a: la tuberculosis, la bronquitis, el asma, la silicosis, la neumoconiosis, las afecciones cardiacas y también del estómago, vesícula, riñones, hígado, nervios, ojos, oídos y extremidades
. 
De todo esto se generó una condición crónica de enfermedad que afectó a la mayoría de quienes trabajaron en la minería. Algunas patologías en particular acecharon a los trabajadores de las minas e ingenios durante todo el período colonial. A falta de instituciones para proteger a las clases desposeídas en su lucha por su existencia, no cabe la menor duda que la caridad pública hacía una labor encomiable y piadosa. No se concebía desde la época pre-colonial un menesteroso abandono y, por este motivo, tanto los huérfanos, los enfermos, los ancianos y en general los pobres recibieron de los benefactores medicamentos, ropa y víveres. En todo caso el dato cierto y muy curioso es que a la hora de entregar datos de tipo epidemiológico sobre los efectos de la actividad minera en la población nativa durante el período colonial, nos encontramos con una falta evidente de información fidedigna. Sólo es posible razonar a través de inferencias, hipótesis y descripciones cualitativas. Ya hemos mencionado que con el transcurrir de los años, la mita y los mitarios fueron disminuyendo; y entre una de las causales se cuenta la desolación que causaron aquellas grandes epidemias. Dignas de mención, son: la de 1590, cuando se desató una de viruela que casi dio fin con la población nativa; y el problema de fuentes de trabajo se tornó tan agudo que incluso se pensó traer negros del Brasil para relevar a los mitayos que estaban muy agotados. Se aseguraba que el exterminio de la po-blación se debía a enfermedades como la erisipela y el garrotillo, del año de 1614; sin olvidarse de la mayor de todas las pestes, la de 1719 (bubónica, tabardillo, etc.) que hizo estragos entre la gente indígena. Las epidemias tuvieron un papel importante en el colapso demográfico de la América indígena (Cook 1981: 360). 

CONCLUSIONES
El cuadro descrito en las líneas precedentes nos revela claramente el enorme impacto que tuvo la minería en la vida y en las condiciones de salubridad de la población de la Audiencia de Charcas y otras provincias limítrofes: las minas, los ingenios y las fundidoras fueron sin lugar a dudas una causal constante de patologías y enfermedades para la población; esto, pese a los esfuerzos que se realizaron, en términos legislativos, para mitigar la rudeza del trabajo y humanizar el sistema. No obstante, un elemento muy interesante es que los registros oficiales no muestran rastros de esta situación: ni en las cédulas reales, ni tampoco en las Actas del Cabildo, o en los registros de muerte; y tampoco en otras fuentes institucionales, ha sido posible encontrar datos que nos permitan objetivar y cuantificar los efectos de la minería en la salud de la población. ¿Cómo podemos interpretar este fenómeno? Por una parte, no cabe duda que la Corona no tenía ningún interés en poner de relieve la dramática situación sanitaria que generaba el trabajo en las actividades mineras. Es probable que, aún cuando no haya existido un intento de sistemática ocultación, las autoridades coloniales no hubieran querido llevar a los documentos oficia-les situaciones de muertes, de accidentes y enfermedades que se relacionaban con los procesos extractivos. De otra forma es muy difícil poder explicar esta falta absoluta de referencias en las fuentes señaladas. Por otra parte, vale la pena señalar que todo el sistema de registro de la información, durante la Colonia, careció de sistematicidad; lo que también puede haber generado vacíos muy significativos en la recuperación de este tipo de datos. 
También, es posible recordar que quizás el mayor impacto de la minería se manifestó en forma indirecta; más que en muertes violentas y accidentes, a través de enfermedades que consumían lentamente a la población hasta llevarla a la muerte “silenciosa”; fallecimientos o decesos que finalmente no eran clasificadas como producto del trabajo minero, sino de otros tipos de causales. 
Esto ha llevado a varios intelectuales a posiciones extremas y muy divergentes: algunos señalan cifras muy altas, haciendo referencia a millones de muertos. También los cronistas, como hemos mencionado, describen muy dramáticamente el fenómeno. Si asumiéramos el número de fallecidos de 150 por día, mencionado por Wittman, entre los años del comienzo y culminación de la  mita: 1550-1812, obtendríamos la trágica suma de 15 millones de nativos, pero no sólo en las minas del Cerro (Wittman 1980: 112). 
Ya hemos indicado que en los primeros años (1548-53), fueron contabilizados más de ocho millones de habitantes; y en 1791, época del virrey Gil, los censados apenas llegaban a 1 076 122 habitantes. Esta diferencia puede explicarse solamente por la inmensa mortalidad, inferida en cientos de miles, en cada una de las epidemias que de seguro afectaron a los mitayos y sus familias. Además, a los primeros les afectó las consecuencias de la mita y, a sus parientes o familiares, las condiciones de habitabilidad y falta de higiene pública. Al respecto, el padre Calancha, tenía la opinión que “en las minas de Potosí su-cumbieron más indios que metales [minerales] han molido los ingenios, pues cada peso que se acuña cuesta diez indios que mueren” (Balcázar 1956: 196). A estas opiniones se suma la de Galeano, quien asevera que en 300 años, se sacrificaron unos ocho millones de vidas en Potosí. Los naturales eran arrancados de sus comunidades agrícolas y “arreados” junto a sus familias rumbo a las entrañas del cerro. Siete de cada diez no regresaba jamás, y en sus comunidades de origen veían volver sólo a las viudas y huérfanos. Todos sabían que en la mina esperaban “mil muertes y desastres” (Galeano 1991: 60). 
Peñaloza, comenta: “Para Potosí, por ejemplo, se ha repetido que la mortalidad indígena se elevó a 50.000 personas por año, lo cual representaría casi 8 millones en 150 años, número superior posiblemente al verdadero, pues no está acorde con los datos que se disponen acerca de la población, ni respecto al número de trabajadores en actividad en las épocas de mayor intensidad del trabajo minero.(...). Mal podía, pues, haber sido tan grande la mortalidad solo en las minas, pues en tal caso la epidemia [de 1719] que ha perdurado en los anales apenas si sería recordada. (...) Por otra parte, la cantidad de 28.000 personas ocupadas en Potosí a principios del siglo XVII habría sido muy inferior a la de los muertos en un solo año, y la cifra de 8 millones como muertos en Potosí durante 150 años es también imposible considerando el total de la población altoperuana, al comienzo de la conquista y después” (Peñaloza 1981: 330-331). 

A
lgún otro autor, reporta comentarios mucho más moderados haciendo referencia al hecho que era interés de la misma Colonia no perjudicar la mano de obra tan necesaria para el funcionamiento de la industria extractiva. Por 1582, Capoche narra que “el hospital [está lleno] de indios heridos, y mueren cada año más de cincuenta, que esta fiera bestia se traga vivos. Y al presente, se está siguiendo más de setenta causas criminales de muertes de indios en los tribunales de juez de naturales y alcalde de minas” (Capoche 1959 [escrito entre 1582-85]: 159). Si éstos pudieron ser las víctimas durante todo el coloniaje y que eran reportados en el único hospital, la cifra de muertos sería realmente muy pequeña. La última consideración hay que hacerla mencionando el enorme impacto socio-cultural que tuvo la mita en los pueblos de Charcas: desplazamientos y migraciones forzadas, desigualdad socio-económica, división al interior de los ayllus, ruptura del sistema de integración ecológica de las comunidades andinas: control de distintos pisos ecológicos, diversificación de la alimentación y quiebre en la identidad cultural. 

Bibliografía 
ABECIA, VALENTÍN, Mitayos de Potosí. Barcelona: Técnicos Editoriales Asociados, S.A. 1988 
ARDUZ, GASTÓN: “La minería de Potosí en la segunda mitad del siglo XVIII”. En: Ensayos: 97-114.1985 
BALCÁZAR, JUAN MANUEL: Historia de la medicina en Bolivia. La Paz: Ediciones “Juventud”.1956 
BUECHLER, ROSE MARIE: Gobierno, minería y sociedad, 2 vols. La Paz: Imprenta Papiro.1989 
CAPOCHE LUIS: Relación general de la Villa Imperial de Potosí, ed. Lewis Hanke. Madrid: Ediciones Atlas.1959 

COOK, DAVID (1981): Demographic collapse: Indian Peru, 1520-1620. Cambridge.

CRESPO, ALBERTO (1970): “El reclutamiento y los viajes en la ‘mita’ del Cerro de Potosí”. En: La Minería
Ensayos (1985): Ensayos sobre la historia de la minería altoperuano. Madrid: Editorial Paraninfo S.A.
GALEANO, EDUARDO: Las venas abiertas de América Latina. La Habana: Editores Universales 1991 
GIODA, ALAIN/SERRANO, CARLOS: “La plata del Perú”. En: Investigación y Ciencia 286/7: 56-61. 2000 
La minería: La minería hispana e iberoamericana. Contribución a su investigación histórica”. León (I Coloquio Internacional de Minería).1970 
LLANOS, GARCÍA DE (1983): Diccionario y maneras de hablar que se usan en las minas y sus labores en los ingenios y beneficios de los metales (1609), ed. Ramiro Molina. La Paz: Imprenta y Librería “Renovación” (Serie Fuentes Primarias Nº 1). 1609 
OCAÑA, DIEGO DE: Un viaje fascinante por la América Hispana del siglo XVI (1599-1609), ed. Arturo Álvarez. Madrid: Ediciones Baylén. 1969 
PEÑALOZA, LUIS: Nueva historia económica de Bolivia. La Colonia. La Paz/Cochabamba: Editorial Los Amigos del Libro.1981 
RENE-MORENO, GABRIEL: “La mita en Potosí de 1795”. En: Revista del Instituto de Investigaciones Históricas 1/1: 9-14. 1959-1960 
SERRANO, CARLOS (1994): “Potosí: agua y contaminación ambiental”. En: Revista de Ingeniería Sanitaria 8/10:3-10.-(1998): “Tecnología minera en el Cerro Rico de Potosí”. En: Revista de la Casa de la Libertad 2/4: 87-108. 
WITTMAN, TIBOR: Historia de América latina.
Budapest: Imprenta Athenaeum. 1980