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Algunos apuntes sobre la historia del
Hospital de  Huamanga.



Dr. Miguel Rabi
Chara
 Profesional Sanmarquino, funcionario  ® del Ministerio de Salud y Organismos Internacionales, investigador y autor de la serie de Historia de la Medicina Peruana (seis volúmenes); miembro de la Asociación Peruana de Historia de la Medicina.

 

Los primeros hospitales se fundaron casi en forma paralela con el establecimiento y creación de las nuevas poblaciones; por constituir una verdadera necesidad la atención y el cuidado de la salud de las personas, y sobre todo la alta responsabilidad que tenían los nuevos pobladores de atender, enseñar, adoctrinar y educar a los naturales, como aparece en todas las Capitulaciones y convenios celebrados por la Corona.

 

Puede decirse que el establecimiento de estos básicos servicios, fueron pues paralelos y casi simultáneos con la estructuración y funcionamiento de la organización municipal o sea los llamados Cabildos o Ayuntamientos, transfiriendo al  Nuevo Mundo esa tendencia autónoma, de firme sentido de gobierno local, que fueron los Ayuntamientos en España y en toda Europa, organizados bajo concepción religiosa, feudal y monárquica. Fueron naturalmente la consecuencia del desarrollo de la Edad Media y del largo proceso de la Reconquista, que permitió el afianzamiento de las instituciones municipales, cuanto en forma paralela el surgimiento por doquier de los Hospitales para la atención y asistencia de las personas.

 

La institución de los Cabildos se  trasladó y afincó prontamente en el Nuevo Mundo y fueron precisamente las primeras  Ordenanzas y reglas municipales las dictadas  respecto a la distribución de los solares, de las aguas, de los materiales de construcción, del ancho y medida de las calles, plazas y plazuelas, del establecimiento de los sistemas de gobierno administrativo,  y religioso (Cabildo e Iglesia),conformando así la clásica trilogía que vemos y apreciamos en las ciudades de nuestra América: Palacio gubernativo, sede municipal o salón de Cabildos y sede religiosa, obispal o arzobispal, Iglesia Mayor o Catedral y su respectivo Cabildo Eclesiástico.

 

El traslado de los organismos municipales administrativos y de orden citadino, naturalmente que trajo  y originó cambios en la estructura mental de nuestros pueblos aborígenes, aunque por cierto acostumbrados al dominio del Inca como Jefe supremo y del sol y de las entidades religiosas propias del culto idolátrico, además de la existencia de los representantes en sentido piramidal  de la autoridad imperial, las innovaciones que introdujo la nueva población hispánica al establecerse en las nuevas ciudades, fueron prontamente asimiladas, especialmente en lo que concierne al célebre contorno de la Plaza Mayor o principal, de donde se desenvolvían las  travesías y las carreras(calles principales  y calles transversales), que dieron nacimiento y desenvolvimiento a las nuevas ciudades.

 

Además la innovación más importante radicó en el trazado  de las calles a cordel, con distancias no menores de 100 metros, trazadas sobre áreas planas o acondicionadas, no utilizadas  o ajenas a las labores agrícolas (usando de preferencia las tierras eriazas o infértiles);  asimismo la distribución de los solares  mediante la división en cuadrículas similares de cada manzana, con un equivalente a 2.500 metros cada solar, permitió inicialmente la mejor distribución de las tierras y la expectativa de cercados o amurallamientos, como forma de estimular la pronta edificación de las amplias casas, o casonas con amplias huertas, jardines y surtidores.

 

Fruto y consecuencia de esta expansión y  afinación municipal, fueron precisamente las nuevas poblaciones como San Miguel de Piura, Tumbes, Trujillo, Zaña, Chiclayo, Lima, Jauja, Ica, Arequipa, y sin dejar de mencionar la importante  mixtificación producida en la Imperial Ciudad del Cuzco, como  unión y estrechamiento de las dos grandes culturas, incaica y virreinal, como se advierte y se aprecia hasta el presente.

 

En el caso de nuestra Ciudad de Huamanga la  población establecida a partir de 1539 por Gonzalo Pizarro desde el valle de Jauja y su consiguiente extensión hacia la zona sur, con orientación hacia la costa, fue seleccionar  zonas adecuadas para el camino intermedio entre  Lima y Cuzco, correspondiéndole así a la ciudad de Huamanga desde entonces, ser el eje central o intermedio de este camino, que constituyó a su vez una importantísima ruta comercial, que contribuyó al desarrollo y bienestar de la región, por el auge mineral, comercial, industrial, habitacional, artesanal, agrícola, etc. como consecuencia de las nuevas orientaciones y tendencias políticas sociales del Virreinato.

 

La ubicación de los Hospitales estaba largamente señalada desde la Edad Media, con la experiencia de las grandes pestes y epidemias sufridas por los países europeos; recordemos tan sólo que la peste negra  o sea la peste bubónica de alta incidencia, en el S. XIV mató más de 25 millones de personas, casi un tercio de la población, con las trágicas secuelas que dejó una epidemia tan mortal y tan grave como la ocurrida.

 

De ahí que la tendencia fue siempre a situar los hospitales en zonas alejadas de la población, en lugares altos y alejados de los vientos, para impedir que las emanaciones, humores y miasmas se transmitieran o afectaran a las poblaciones; se permitía sólo temporalmente poner casas enfermería, como fue en 1538 la de la Rinconada de Santo Domingo en Lima, temporalmente en la ciudad, en tanto ésta crecía y desarrollaba, y se agenciaban los medios necesarios para edificar un verdadero hospital; además funcionaba dicha casa enfermería como un alojamiento temporal para hombres y mujeres desvalidos, enfermos y necesitados, a modo  provisional, para paliar las circunstancias; en tanto que la asistencia de los indígenas y  comunidades vecinas de los valles de Surco, Maringa, Late o Ate, Rímac, se hacían  mediante visitadores religiosos y colaboradores médicos y cirujanos,  portadores de los simples y de los compuestos,  en su totalidad productos naturales, a base de plantas, infusiones, yerbas,  raíces, destilados, polvos, concentrados, flores y  hojas de ellas, iniciándose desde entonces, en forma muy temprana  el mestizaje de ls sistemas curativos.

 

De la primera y concreta referencia que encontramos en los Libros de Cabildos del Ayuntamiento de Huamanga, sobre el Hospital es el acuerdo adoptado en el año 1556 (cuando ya Lima, Cuzco y Arequipa, tenían varios hospitales en funcionamiento, con notable experiencia y elevado resultado, como el adoptado por el Arzobispo  Fray Jerónimo de Loayza en 1549 con el Hospital de Santa Ana para los naturales)

 

Téngase presente el intenso tráfico  que existía entre la ruta de Guamanga a Lima y de Guamanga hacia el Cuzco, además de las rutas que salían a la costa, y la creación de las ingentes y enormes recuas de mulas de carga, que permitían el desplazamiento  de la sierra a la costa y viceversa, y luego desde el Cuzco hacia el Alto Perú, Tucumán y Buenos Aires; por lo que  el movimiento de personas, animales, cargas, mercancías y comercio era intensísimo; y como veremos, con la explotación de los grandes asientos mineros de la sierra peruana, dio lugar a la incontenible avalancha de personas de toda clase, género y condición, creando un gran problema y necesidad en los campos de la asistencia, vivienda, hospedaje y restauración.

 

Decíamos precisamente que a partir de 1556 el Cabildo de la Ciudad de San Juan de la Vivctoria o San Juan de la Frontera, dispuso el establecimiento del primer Hospital de Santa Ana en la zona,  nombrándose como Mayordomo administrador del mismo al vecino  Juan de Mañuelo; la edificación del Hospital naturalmente como las grandes obras, fueron en un principio  sencillas, de bases de piedra, paredes de adobe, techos de madera cubiertos con tejas debido a las constantes lluvias; salas o enfermerías simples, con pisos entablillados de madera, camas igualmente de madera; servicios básicos de cocina, lavandería, ropero, vestuario, botica, etc. y lo más importante, fue contratar los servicios profesionales  de un médico para atender toda clase de dolencias, de un cirujano reconocido y aprobado para las intervenciones quirúrgicas que debía hacer y cumplir las órdenes del médico; de un boticario encargado de elaborar las formulas y simples y compuestos necesarios para la curación; de los auxiliares o asistentes encargados de la limpieza e higiene de los enfermos, darles los alimentos y las medicinas a sus horas establecidas, etc. esto es toda una organización que se fue desarrollando en forma progresiva, de acuerdo con las necesidades.

 

La organización del Hospital por aquellos tiempos estaba encomendada por lo general a un Mayordomo o administrador encargado de su funcionamiento y de una cofradía o hermandad de Hermanos 24, todos  unidos por espíritu cristiano y sentido de redención de los pecados, con funciones  específicas, como hemos visto en las numerosas Constituciones u Ordenanzas aprobadas; cada uno cumplía una  misión;  todos debían ayudar al desenvolvimiento del Hospital, a su buen funcionamiento  y sobre todo a la buena y caritativa asistencia de los enfermos para lograr su recuperación y su retorno al hogar y a sus labores; así como enterrar a los muertos, celebrar los actos de culto, recolectar las limosnas, donaciones y aportaciones; hacer los turnos diarios para vigilar la comida, el buen orden, la paz y la tranquilidad de los enfermos; concurrir a las visitas diarias del médico y demás acompañantes; controlar la producción de la botica, la salida de los medicamentos y también la venta al público, para generar más recursos.

 

En esta primera etapa, el Hospital recibía la ayuda del Cabildo para su sostenimiento, pero no era suficiente para cubrir todas sus necesidades, debiendo acudir a las limosnas, a las donaciones, a las ayudas de terceros, a los legados testamentarios, o a los contratos  de obligación y de responsabilidad que se comprometían, los hombres de buena fe que deseaban ayudar a su Hospital. Es un tema apasionante, la lectura de cientos de escrituras y de largas convenciones superdetallistas, en que se establecen las cláusulas de rentabilidad, de aportación, de generación de recursos, a cambio de recibir rezos y oraciones, a cambio de misas, preces y salmos, a cambio de un lugar firme y seguro al pie de los altares o de las criptas donde sus restos mortales fueran enterrados.

 

Pero volvamos a nuestro primer Mayordomo, Juan de Mañuelo, quien en 1556 se convierte así en el primer funcionario que asiste, dirige y controla un Hospital destinado al común de la gente, tanto para naturales como para los nuevos pobladores, y se establecen las clásicas salas de hombres, separadas de las de mujeres; así como los ambientes destinados a los infectocontagiosos, y otro separado y alejado para los desahuciados y en trance de muerte, para que no afectasen a los demás pacientes ingresados.

 

Después de Juan de Mañuelo quien aportó unas primeras casas de renta al Hospital, téngase en cuenta que las donaciones y aportaciones fueron numerosas en los 450 años transcurridos y que constituyeron un enorme patrimonio para el servicio del Hospital, para su funcionamiento  y para las reconstrucciones, ampliaciones y mejoras necesarias ; después de él decimos  vino Hernando de Saavedra en 1560, quien cumplió igualmente con las funciones a su cargo;  continuó Ruy Gómez de Leiva, así como Beltrán de Caicedo, y en 1594  el destacado Diego García de Guzmán, como nos relata el  notable historiador peruano Rubén Vargas Ugarte, de acuerdo con los documentos que pudo comprobar en archivos y repositorios nacionales e internacionales; y que nosotros ahora estamos verificando con as fuentes primarias fundamentales del Archivo General de Indias de Sevilla, más las crónicas del P. Juan Santos, quien escribió sobre la Historia de la Congregación de los Juandedianos en América; aún cuando muchas informaciones y noticias, se encuentran en miles de expedientes sustraídos y emigrados en universidades estadounidenses.

 

También sirvió en este Hospital durante muchos años un deudo del destacado cronista Huamán Poma de Ayala, el llamado Martín de Ayala, mestizo descendiente de  Túpac Yupanqui, hombre muy caritativo que estuvo de enfermero durante muchos años en el Hospital de Naturales del Cuzco, se hizo religioso, recibió las órdenes sacerdotales y se incorporó al Hospital de Huamanga como capellán, donde sirvió devotamente hasta su muerte

 

Aquí encontramos la leyenda del conocido enfermero (según el tradicionista Ricardo Palma) Pedro Fernández Barchilón, natural de Córdoba, España, quien había participado con Gonzalo Pizarro en las guerras civiles por las nuevas ordenanzas hacia 1544; y logró que se le conmutara la pena de muerte por el servicio a perpetuidad que se obligó a prestar a los enfermos en el Hospital de Huamanga con caridad y fe cristiana. Incluso, cuenta que con motivo de la visita que efectuó el Virrey Francisco de Toledo, el mismo Pedro Fernández  o Barchilón como se le llamaba comúnmente, no pidió nada para él, sino que se mejorase el salario del médico.  Mantenemos este personaje con el rigor crítico de la duda, pues hasta el momento no ha sido posible verificar su existencia; en cambio hemos comprobado la existencia de dos personas llamadas  con los mismos nombres y apellidos, una en Lima y otra en Moquegua, que desarrollaron su actividad mediado el S. XVI, el del asentamiento, de la conquista y de la creación de poblaciones y servicios. Además, uno  el de Moquegua  no tuvo relación alguna con los enfermos; y el segundo fue capellán administrador de San Andrés; la pregunta inevitable es: ¿será éste último el autor de la leyenda? Seguiremos investigando.

 

El gran cambio se produce a partir de 1630, cuando el Ayuntamiento  de la Ciudad, siendo Corregidor D. Cristóbal de Eslava y Zayas, decide modificar el sistema de funcionamiento del Hospital, entregándolo a los Hermanos Juandedianos, que ya venían administrando importantes servicios asistenciales en la costa y sierra del Perú, en la Provincia de San Rafael, que comprendía toda América Meridional;  recordemos que en 1593 se habían establecido en Lima llamados por doña María de Esquivel y su esposo Cristóbal Sánchez Bilbao, y se habían hecho cargo mediante un adecuado contrato, del Hospital de San Diego de Alcalá, después llamado de San Juan de Dios (actual Plaza San Martín de Lima) destinado a asistir a los enfermos convalecientes egresados de alta del Hospital de San Andrés, donde se recuperaban, descansaban y recibían una sobredosis alimenticia, hasta que tres, cuatro o seis meses o más,  estaban expeditos para retornar a sus lugares de destino.

 

Los dos primeros Hermanos  Juandedianos que  recibieron el Hospital de Huamanga y comenzaron a prestar servicios en él, fueron  Fray Gabriel de Mendiola y Fray Esteban de Santa María; aplicando el mismo sistema que la Comunidad venía aplicando en Europa y América con los servicios asistenciales que se les entregaba: 1° actuaban meramente como simples administradores y usuarios del Hospital; 2° su obligación era asistir, atender, curar y proteger a todos los pacientes que ingresaran; 3° suministrarles alimentación, medicinas, ropas, limpieza, higiene, solaz y descanso, así como auxilio espiritual permanente; 4° los ya curados y restablecidos  eran dados de alta por el médico tratante, y había obligación de darles ropas, alimento y algún dinero para la travesía de retorno; 5° enterrar a los fallecidos en la cripta del Hospital, y luego en la cripta del templo que se edificó bajo la advocación de San Juan de Dios;  6° uno de los juandedianos era religioso que debía celebrar los actos litúrgicos, misas, bendiciones, distribuciones, presidir los entierros y demás importantes ceremonias religiosas, así como  impartir los sacramentos, habida cuenta de la estrecha relación de asistencia y religión, en forma permanente; 7° Además los Juandedianos recibían una ayuda del Cabildo, además de la cobranza o recaudación de las rentas de fincas urbanas y rústicas que se asignaban al Hospital, lo que les permitía cubrir el costo de funcionamiento anual, el pago de salarios a médico, cirujano, boticario, barbero,  y eventualmente algunos auxiliares, muy pocos, ya que ellos habían asumido la mayor carga del trabajo y de las obligaciones.

 

Con la ayuda de donaciones y limosnas, se edificó la iglesia de San Juan de Dios, al lado del Hospital, lo que permitía así contar con servicios religiosos permanentes a toda hora, además de  proyectar su labor hacia la comunidad indígena y mestiza, que  caracterizó la población de Huamanga y sus alrededores. De ahí que las mandas testamentarias o legados y donaciones instituidos  en el tiempo desde el S. XVI hasta inicios del S. XIX fueron numerosas, y daría lugar a todo un estudio o volumen integral  que reservamos.

 

Basta recordar que no hay testamento alguno otorgado entre los siglos XVI y comienzos del S. XIX, que no contenga mandas piadosas, donaciones, aportaciones a obras pías, y en especial a la obra de los hospitales, y muy en especial para la protección de los indígenas considerados siempre como desvalidos o menores, que necesitan de la generosa protección de las personas pudientes y de nivel económico.

 

Así se hicieron las nuevas salas del Hospital, así se reconstruyeron con más amplitud, espacio, jardines interiores, claustro  y pileta central, se establecieron las acequias de regadío y de eliminación de desechos, así como la construcción de silos adecuados;  y en la misma forma, cuando después de temblores y terremotos  habituales en estas regiones, se hacía necesario reconstruir las salas, mejorándolas y reforzándolas para el mejor servicio y atención a los pacientes.

 

Como hemos mencionado, la edificación se afectó y sufrió mucho con las lluvias torrenciales de la época, con los movimientos sísmicos y por cierto con el paso del tiempo; hubo necesidad de nuevas edificaciones, más amplias y más cómodas, como vemos en las fotos que complementan este estudio, el patio claustral tipo convento que rodeaba las salas o enfermerías de los enfermos; mantuvo su calidad de Hospital mixto, con asistencia de  enfermeras y abadesas a cargo de las mujeres; con intervención de médicos, cirujanos, boticario, barbero, albéitar, y por cierto no podían faltar los estudiantes, los mancebos aprendices de médico y de cirujano,  que de acuerdo con los usos y costumbres, debían practicar cuando menos tres años bajo dependencia de médico reconocido, para aspirar al grado de bachiller en medicina o en cirugía; y cuántas historias de amor, de romances y de encuentros inesperados a la luz de los candiles y de la luna iluminando los patios porticados y las grandes galerías….

 

El tiempo siguió su marcha, y soplaros clarines de guerra separatista, de división ideológica, de nuevos pensamientos y doctrinas que arrasaron las ideas del antiguo régimen, en tanto que la Comunidad de religiosos languidecía, poco a poco se iba extinguiendo y no encontraba savia nueva que renovara su presencia y su fijeza en el histórico Hospital de San Juan de Dios…. Consolidado el nuevo régimen republicano, muchas disposiciones se dictaron especialmente sobre el tomín, la renta que pagaban los naturales por derecho de asistencia, y sobre los diezmos que se repartían por mandato Real entre los Hospitales, los célebres novenos.

 

Una nueva institución apareció por entonces, la Beneficencia a partir de 1838 y 1840 que empezaron a desarrollar en las diferentes provincias, en reemplazo de las Hermandades de 24 y de las Congregaciones Religiosas Hospitalarias; en el caso de los Juandedianos  fueron separados del servicio por no contar con el mínimo de 8 religiosos, en tanto que se impedía el ingreso de nuevos jóvenes por virtud de las limitaciones de estudio, de asistencia y de trabajo impuestas por el nuevo sistema liberal anticlerical imperante.

 

Bien afirma uno de nuestros queridos maestros de Medicina y de Higiene Social,  que la República fue una verdadera madrastra, rigurosa y  tirana con los servicios sociales y asistenciales, sobre todo; el sistema establecido en todo el Virreinato se derrumbó al faltar las Hermandades y las Congregaciones Hospitalarias de Betlemitas y de Juandedianos, por más esfuerzos y  buena intención que tuvo el recordado don Matías Maestro, presbítero y arquitecto en dar el ejemplo, que le costó la vida en 1835.

 

Lentamente, el sistema centralista de la Beneficencia  fue incorporar todos los bienes del Hospital para administrarlos, en tanto que fijaba una suma anual de presupuesto para su financiamiento, limitada y reducida por cierto, obligando a que se cobrasen derechos a los enfermos y familiares para poder equilibrar el costo anual de funcionamiento. Por esta razón los servicios asistenciales languidecieron, se agostaron y redujeron al mínimo, desde que la capacidad de las personas no les permitía cubrir los gastos de asistencia, hospitalización y de medicamentos. Además, la tradicional costumbre de los naturales de curarse con hierbas y plantas naturales se mantuvo, y que constituye actualmente hasta el presente, un elevado porcentaje de la población nacional, digno de considerar.

 

En 1835 al producirse la exclaustración de los religiosos de San Juan de Dios, quedaban escasamente unos cuantos Hermanos venerables y mayores para atender a los enfermos,  a quienes no se consideró para el servicio y debieron ser recogidos en otros conventos de la misma Congregación.

 

Durante la República, fueron frecuentes los auxilios, subsidios, transferencias y ayudas que el Gobierno en forma permanente otorgó por ley al Hospital San Juan de Dios de Huamanga, unos por el tomín y la mesa decimal de los novenos (diezmos), cuanto por subsidios periódicos para funcionamiento, desde que las rentas de sus fundos y propiedades no rendían lo suficiente para equilibrar su presupuesto. Esta situación de reducción presupuestal se mantuvo hasta el año 1960, en que el Estado decidió edificar  nuevos Hospitales en Huamanga, Huanta y otras importantes ciudades del Departamento.

 

Así a partir de 1964 la ciudad de Huamanga cuenta con un moderno Hospital construido y equipado con tecnología alemana, con todos los adelantos posibles de su tiempo, que viene sirviendo a la importante colectividad huamanguina. Asimismo, el Departamento cuenta actualmente con  el total de 9 Hospitales, con el apreciable número de 989 camas, 51 centros de salud y 327 puestos de salud y sanitarios, con 256 médicos, 474 enfermeros, 266 obstetrices y 80 odontólogos, para  cubrir las necesidades de salud de la población.

 

Una nueva proyección social y humana que se presenta actualmente, es la de la Educación Sanitaria integral de la población, merced a una intensa campaña de instrucción y preparación para todas las personas, para aprender a cuidar su salud, para prevenir los riesgos y enfermedades, para evitar contagios y males, para educar y criar mejor a sus hijos y familiares;  basados en el principio de educación comunitaria con participación activa y dinámica de todos los grupos  humanos sin distingo alguno.
 Lima,29/Nov. 2005.