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La tuberculosis a través de la historia |
José Neyra Ramirez
No
pretendo presentar una
historia
detallada de
la
tuberculosis,
sino hacer notar que esta enfermedad antiquísima afectó a personajes
distinguidos con enorme trascendencia en
la
historia
de
la
Humanidad, ya sea en
la
ciencia, en el arte, en
la
literatura, en la
religión, etc. En otras palabras, si
la
tuberculosis
ha causado y sigue causando estragos en el género humano,
de
preferencia en la
población de
escasos recursos, por lo que se le llama «la
enfermedad de
la
pobreza», debemos tener en cuenta también que al atacar a personajes ilustres
que figuran en mi relato y que serán señalados brevemente, sin pretender hacer
una biografía detallada
de
cada uno ni tampoco mencionar a todos los conocidos porque sería tarea
inacabable, nos hace recordar que esta enfermedad no respeta ni a ricos ni a
pobres, ni a sabios ni a ignorantes. Queremos presentar solamente una pequeña
muestra; por tanto, considérese este trabajo como una relación pormenorizada
de
algunos tuberculosos ilustres. En algunos casos citaremos personajes famosos que
si bien no fueron tuberculosos dejaron hitos bien marcados en
la
historia
de
la
enfermedad contribuyendo a su conocimiento, y a
la
mejor manera de
combatirla y controlarla.
1.
Los albores
Hipócrates.- Imposible dejar
de
citarlo. Si bien pareciera que no fue tuberculoso, el ilustre médico
de
Cos contribuyó enormemente al conocimiento
de
la
enfermedad. Creó
la palabra «tisis» que quiere
decir consunción y describió tan bien
la
enfermedad que hasta nuestros días nos han llegado sus alcances semiológicos al
describir «la
facies hipocrática», «el temperamento héctico»,
la
fiebre vespertina o «fiebre héctica». También nos ha legado tantas otras cosas
que solamente me limito a citar uno
de
sus famosos aforismos:
«la vida es corta, el arte es largo, la ocasión fugitiva, la experiencia engañadora, el juicio difícil. Es necesario hacer lo que conviene para el bien y que nosotros mismos, el enfermo y los que lo rodean se percaten de ello».
Para qué citar el juramento hipocrático,
compromiso de
honor del médico.
2.
La
Edad Media
Calificada tal vez injustamente como oscurantista, nos da la ocasión de citar tres acontecimientos:
a) Las pinturas del extraordinario Sandro Botticelli en una de las cuales, «La primavera», ha reproducido con gran fidelidad la facies héctica y febril de su amante, la bella Simonetta Vespucci, conocida tuberculosa florentina. Igualmente la veremos reproducida con las mismas características en «El nacimiento de Venus».
b) Traemos a esta relación dos reyes de Francia: Carlos IX que fue el que ordenó la matanza de los hugonotes en la famosa noche de San Bartolomé (1572). Carlos IX murió con empiema pleural y tuberculosis pulmonar. Y el otro rey que si bien no fue tuberculoso pero merecía serlo por sus pocos hábitos de higiene, ya que olía a ajo a la distancia, fue el buen rey Enrique IV, que tocaba escrófulas de los tuberculosos ganglionares, los que por centenas con-currían al palacio real el día señalado y recibían el toque con las palabras sacramentales «el rey te toca, Dios te cura».
3. Época más reciente
En la que se llama Edad Moderna, citamos a otro Rey de Francia, Luis XIII, el Justo, hijo de Enrique IV y que murió a los 32 años atacado por la peste blanca. De manera que su resentida salud hizo que dejase la dirección del reino a su ministro Armando Du Plessis, cardenal de Richelieu, el verdadero conductor de Francia. El otro personaje de esa época es Jean-Baptiste Poquelin, llamado Molière, el gran comediógrafo francés de la época de Luis XIV, quien tenía una aversión congénita a los médicos, como consta en sus obras de teatro, y que como actor hubo de morir en escena con una hemoptisis fulminante al interpretar «El enfermo imaginario».
Pasamos una centena de años para citar, al término de la Revolución Francesa, al médico Xavier Bichat, creador de la Patología General y que moriría de meningitis tuberculosa.
Luego, ya en pleno siglo XIX, aparece la figura de Teófilo Jacinto Laënnec, el más ilustre de los clínicos de la tisiología y que moriría de tuberculosis pagando así con su vida su afán de estudio de la enfermedad; fue el inventor de la auscultación mediata por intermedio del estetoscopio. Creó el método anátomo-clínico según el cual comprobaba en el cadáver los hallazgos auscultatorios en vida. Y así, examinando numerosos tuberculosos en el Hospital Necker, pudo describir la variedad de soplos pulmonares y los diferentes tipos de estertores.
Todo este trabajo lo llevó a la muerte en plena juventud en 1826. Un hospital de París donde funciona la cátedra de Tuberculosis y Enfermedades Respiratorias lleva su nombre. Tuvimos la oportunidad de trabajar ahí entre los años 1951 - 1953. Es el antiguo Hospicio de Incurables, con arquitectura del Siglo XVII, y está situado en la calle de Sèvres no lejos del Hospital Necker donde trabajó el gran Laennec.
Veamos ahora un artista. Por la misma época tenemos la figura de Frédéric Chopin, el genial músico polaco que murió en la plaza Vendôme de París teniendo en sus últimos días una hemoptisis verdaderamente copiosa.
Contemporáneo de los anteriores tenemos otro ilustre: Napoleón II, el aguilucho, hijo de Napoleón el Grande. Este príncipe muere muy joven de tuberculosis sufriendo la rigidez del control de su abuelo, el emperador Francisco José y la desatención de su madre, la emperatriz María Luisa.
Vivió con tanta tristeza el aguilucho que se cita las palabras que pronunció en sus últimos días «mi vida ha sido un gran paréntesis, se abre con mi nacimiento y se cierra con mi muerte».
Y ahora una tuberculosa que representa un símbolo para los que padecieron y padecen «la enfermedad de la languidez» como se llamaba en el siglo XIX. Nos estamos refiriendo a Alfonsina Plessis inmortalizada por uno de sus amantes, Alejandro Dumas hijo, en su novela La Dama de las Camelias, donde es Margarita Gautier, y por Puccini en su famosa ópera La Boheme, donde encarna a la pobre Mimí. Alfonsina murió a los 23 años y se encuentra enterrada en el Cementerio del Norte, llamado de Montmartre en París. Esta tumba la hemos visitado muchas veces como homenaje y recuerdo respetuoso a tantas «Margaritas» que murieron de tuberculosis y a las que tuvimos oportunidad de asistir cuando trabajamos en el Sanatorio Olavegoya de Jauja en los años 1942 al 1950.
El gran músico Paganini fue otro de los tuberculosos geniales del siglo XIX.
Con esta enfermedad de la languidez también murió la bella Paulina de Beaumont, amante de Chateaubriand cuando estuvo de Embajador de Francia en Roma.
Siendo poeta tenía que tocarle el turno a un español, y es así como figura en nuestra lista Gustavo Adolfo Bécquer, el autor de las «Rimas» y «Cuentos y Leyendas», entre otros y al cual, igual que a Chopin, las hemoptisis lo arrebataron a la literatura.
Vengamos un poco a América y aquí encontramos en el siglo XIX al genial tuberculoso y paladín de la Independencia, libertador de cinco Repúblicas, don Simón Bolívar, el gran venezolano quien debía morir de la enfermedad en la quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta.
Intercalemos algunos hitos históricos de la enfermedad. En 1869 Jean A. Villemin demuestra que la tuberculosis es inoculable, es decir, contagiosa, transmisible. Por los mismos años o poco antes Boehmer y Dettweiller crean los primeros sanatorios para tuberculosos en Alemania; en 1882 Robert Koch descubre el bacilo productor de la enfermedad e inclusive lo cultiva y prepara la tuberculina antigua.
Carlo Forlanini introduce el método del neumotórax artificial en el tratamiento de la enfermedad en 1892, primer método activo de terapia de esta dolencia. Sir Robert Phillip crea en Edimburgo hacia 1889 el primer Dispensario Antituberculoso seguido en 1902 por Calmette que inaugura el primer Dispensario francés en Lille. Finaliza el siglo, en este aspecto, con el descubrimiento de los Rayos X por Konrad Roentgen en 1895 lo que fue un gran avance en el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad.
Volvamos a nuestros tuberculosos y citemos a Anton Chejov (1860 -1904) médico y literato que solía exclamar: «La medicina es mi esposa, la literatura mi amante; cuando me canso de una me voy a acostar con la otra».
Iniciamos el presente siglo citando a otro tuberculoso de nota como fue Máximo Gorki, autor de «La madre» y precursor de la Revolución Rusa de 1917.
Citamos también a Thomas Mann, famoso escritor, quien en su novela La Montaña Mágica describe la vida un tanto displicente y hasta muy social de los Sanatorios de Suiza. En cambio Axel Munthe, tuberculoso de verdad, nos debía brindar por esos años su hermosa obra El libro de Saint Michel, cuya acción se desarrolla en la hermosa Anacapri, bella isla al lado de la idílica Capri, frente a Nápoles.
Intercalamos aquí otros hitos de la historia de la enfermedad. Y así citamos a Calmette con su descubrimiento de la vacuna antituberculosa BCG (bacilo Calmette-Guerin); a Von Pirquet creador de la cutireacción a la tuberculina que Koch había preparado en la creencia que sería eficaz en el tratamiento de la enfermedad; a Mantoux que debería crear la intradermorrección en vez de la cutireacción; a Weill Hallé que en 1921 aplicó por primera vez la vacuna BCG en el ser humano y finalmente a Waksman, el descubridor de la estreptomicina en 1944, primer antibiótico eficaz contra la peste blanca.
Para completar la serie de tuberculosos extranjeros citamos a Bernadete Soubirous, la santa Bernadette que si bien murió en 1879, prácticamente pertenece al siglo XX por haber fomentado, con sus milagros, las peregrinaciones a la Gruta de Lourdes.
Aunque parezca chocante la proximidad de la cita, no olvidamos a Corinne Luchaire, actriz del cine francés, de brillante porvenir, muerta muy joven en 1950 de una tuberculosis después de sucesivas recaídas mal tratadas.
En nuestro territorio, pese a la existencia de la tuberculosis en el Antiguo Perú y su aumento durante la Colonia, no sabemos de personajes célebres de esa época, salvo que queramos creer en la tradición popular. Una de éstas narra que el Inca Tupa Yupanqui, atacado por la enfermedad, eligió a Jauja para descansar y reponerse, lo que daría origen a la fama de esta ciudad en el tratamiento de la tuberculosis.
Durante la Colonia es evidente que Isabel Flores de Oliva, nuestra Santa Rosa de Lima y de las Américas padeció de la enfermedad. No en balde es patrona de los tuberculosos y el Día del Tisiólogo se celebra el 30 de agosto, día de la santa. Es patrona además de la policía y de las enfermeras. El cuadro pintado por Medoro en 1617, que muestra a Santa Rosa muerta, nos orienta en ese sentido.